domingo, 18 de junio de 2017

DE CRIMISO A NEFERIS, 341-149 a.C. La evolución del ejército púnico


En este artículo pretendemos analizar la evolución táctica de los ejércitos cartagineses en los campos de batalla terrestres durante los dos últimos siglos de su historia, así como las distintas tropas que los compusieron. Por tanto, no estudiaremos los enfrentamientos navales ni los asedios, aspectos en los que, por otra parte, Cartago destacó enormemente.






Formación de infantería de línea cartaginesa
EL SISTEMA MILITAR CARTAGINÉS

          Demasiadas veces se ha descrito a Cartago como una ciudad comercial, poco interesada en los asuntos militares y que en todo caso su poder era esencialmente naval. Pero lo cierto es que la urbe púnica era tan agresiva como cualquier otra ciudad Estado de la época.

          Durante los primeros tiempos de la ciudad, los ejércitos de Cartago se formaban como una milicia ciudadana de tipo político que combatía en orden cerrado. Sin embargo, su número nunca fue muy grande, lo cual es extraño para una ciudad del tamaño de Cartago. La razón descansa en lo poco numerosa que era la clase de pequeños agricultores que trabajaban las tierras fuera de la ciudad y que formaban la mayoría de la infantería romana o griega. En cambio, la mayoría de las tierras estaban organizadas en grandes latifundios en manos de la nobleza y trabajada por súbditos libios. Es a partir de las reformas de Magón, en el Siglo V a.C., cuando empieza a tener importancia la figura del mercenario, que, en cualquier caso, no desplazó a la tropa ciudadana hasta mediados del Siglo IV a.C.

          Para la época de nuestro trabajo, los ejércitos estaban dirigidos por generales en el sentido estricto de la palabra, sin que ejercieran ninguna función política, lo cual era extremadamente inusual en el Mundo Antiguo, cuando no único. Si bien esto no siempre había sido así: en 409 a.C. Amílcar es sufete[1] y fue a la guerra contra Siracusa, al igual que en 397 a.C. cuando, esta vez, un tal Himilcón, sufete también, luchó contra Dionisio I[2]. Eran probablemente elegidos por el Senado, aunque debían ser ratificados por la asamblea popular y en principio no tenían un tiempo límite en su mando, sino que permanecían hasta terminar la guerra, muriera o cosecharan un fracaso tal que se decidiera sustituirlos. Incluso, un general derrotado podía ser ejecutado, pero son más frecuentes las referencias de que eran retirados del mando o multados. Aunque, evidentemente, la suerte que corriera dependía en gran medida del poder que tuviera su familia y los contactos en el Senado. En todo caso, no podemos olvidar que en otras ciudades se seguía esta misma práctica[3].

          Este sistema, con una palpable división de poderes y un mando a priori vitalicio de los ejércitos tenía sus desventajas, y es que los generales, como los ejércitos, eran considerados empleados con un trabajo que hacer y había tendencia a dejarlos con sus propios propósitos y no eran apoyados con decisión. Quizás esto cambiara tras el primer choque con Roma ya que en la Segunda Guerra Púnica, más que nunca antes, asistimos al continuo envío de tropas, generales y dinero a todos los teatros de operaciones.

          Por otro lado, esta extraña práctica parece más una solución al creciente número de mercenarios en los ejércitos, ya que el mercenario, sobre todo el bárbaro, “firmaba” su servicio de forma personal y no con un ente tan abstracto como un Estado. Lo cierto es que apenas se conocen intentos de asaltar el poder por la fuerza, por lo que parece improbable que esta fuera la causa[4]; y quizás, las largas campañas en tierras lejanas como Cerdeña y Sicilia influyeran también en esta separación, al alejar al magistrado de sus obligaciones en la ciudad durante demasiado tiempo.

          Esta profesionalización de los generales se extendía también al estado mayor y oficiales, que solían ser ciudadanos cartagineses o libiofenicios. Sin embargo, las tropas mercenarias eran mandadas en el campo por oficiales subalternos de su propia nacionalidad.

          Tal y como indica Diodoro[5], al menos desde finales del Siglo V a.C., además de los ciudadanos, se podía distinguir varios tipos de tropas diferentes según su estatus.

          En primer lugar tenemos a los súbditos de Cartago obligados a aportar contingentes (y también tributo[6]). En su mayoría formaban parte de los pueblos que Polibio denominaba “libios”, “africanos” para Livio, siendo durante mucho tiempo la columna vertebral de los ejércitos púnicos, siendo las tropas más seguras y disciplinadas. Cuando Cartago extendió su dominio por la Península Ibérica, pueblos como los turdetanos también podrían hallarse bajo este estatus.

          En segundo lugar tendríamos a los cuerpos militares aliados, que en algunos casos estarían en situación de cierta dependencia. Aquí nos encontramos principalmente con los númidas, que aportaban una excelente caballería y que solían ser dirigidos por sus propios príncipes, cuyas casas tenían excelentes relaciones con los nobles púnicos[7].

          Por último, Cartago se nutrió con contingentes mercenarios, reclutados en grupos negociando con su caudillo o de forma individual. En general los grupos tribales eran de elevada calidad pero escasa disciplina. Su número fue en aumento a lo largo de la historia cartaginesa: apenas unos 2.000 en Himera (311 a.C.), un puñado de miles en Agrigento (261 a.C.) y quizás unos 8-10.000 a las órdenes de Amílcar Barca (247-241 a.C.). Estas fuerzas eran extremadamente diversas, procedentes de la mayoría de naciones del Oeste mediterráneo: iberos, celtíberos, baleares, galos, ligures, griegos… también sardos y campanos habían luchado bajo la bandera cartaginesa, pero para el periodo de este trabajo no son mencionados por las fuentes.

Reclutamiento de mercenarios baleares


          Es difícil comprender el papel de las ciudades fenicias en cuanto a su aporte militar, pues en muy contados casos aparecen mencionadas tropas o personajes de este origen. Es posible que los autores los confundieran o los integraran a los cuerpos ciudadanos o libios, pero en cualquier caso su número no debió ser muy extenso.

          La población del “imperio” cartaginés era enorme, tanto o más incluso que la confederación romana, sin embargo, la enormemente jerarquizada estructura de poder y el desigual reparto de tierras y riqueza hacían que no pudiera aprovechar sus recursos humanos para la guerra. Además, Cartago siempre fue enormemente reticente a la hora de extender la ciudadanía, lo cual era una piedra más en el camino.

          En conclusión, los mandos púnicos podían contar con buenos contingentes de infantería y caballería (la cual podía suponer un 10-25% del total, una proporción mucho mayor a la de sus enemigos griegos y romanos y suficiente para sacar ventaja), pero tenían gran dificultad para coordinarlos debido a la disparidad de elementos. A su vez, las órdenes se transmitirían de forma lenta debido a tener que traducirlas al idioma de la tropa en cuestión. Por este motivo, cuanto mayor tiempo estaban al mando de un mismo general, más eficientes tendían a volverse, pues se acostumbraban a operar de manera conjunta y el comandante y sus oficiales se familiarizaban unos con otros.

          Cartago tardaba relativamente poco en reclutar un ejército, pero si en hacerlo eficaz. Es por esto que un ejército veterano era algo muy preciado y los generales púnicos solían ser menos agresivos que sus oponentes.


Representación de la batalla de Crimiso.
Los cartagineses, vencidos, son empujados
al río, donde muchos perecen.
GUERRAS SICILIANAS

          Al igual que el resto de poleis del ámbito mediterráneo, a lo largo del Siglo IV a.C. el ejército cartaginés se componía de una milicia ciudadana de tipo político. Pese a las reformas de Magón en el Siglo anterior, desde las cuales se había ido introduciendo un número creciente de mercenarios, el cuerpo central del ejército lo seguían constituyendo los ciudadanos cartagineses, tal y como se puede apreciar en la batalla de Crimiso (341 a.C.), en la que se puede conjeturar que lucharon en número de 10.000[8], número llamativamente pequeño teniendo en cuenta el tamaño de la ciudad. Y es que Cartago contaba con gran riqueza, pero esta estaba enormemente mal repartida, no solo carecía de un extenso cuerpo ciudadano con tierras, base en los ejércitos griegos y romanos, sino que la urbe era muy reacia a extender la ciudadanía. Estos luchaban en orden cerrado y con un armamento similar al del hoplita griego, aunque con lanzas más cortas[9]. Entre la tropa ciudadana destacaba el Batallón Sagrado, en número de 2.500 según Diodoro[10], compuesto por hombres procedentes de “las filas de ciudadanos que se distinguen por su valor y reputación, así como por la riqueza”. Sin embargo, a pesar de su prestigio y de su buen papel combativo, no son nombrados más tras Tunis (310 a.C.). Fueron descritos con yelmos de bronce; corazas de hierro, probablemente de escamas o laminares, aunque las de lino también serían muy usadas; y escudos grandes y redondos, pintados de color blanco. Además de esto, y la lanza, contaban con una espada corta y recta, de unos 65 cm. de largo, o de tipo griego como el kopis, de hoja curva, tal y como se muestra en el relieve de Kbor Klib[11].

          Se contrataba un número reducido de mercenarios procedentes de Iberia, Galia y Liguria, 1.000 en 311 a.C., y aportaban ante todo tropas ligeras con un papel poco importante. Mención especial merecen los ya afamados honderos baleares, que tuvieron un papel vital en la victoria sobre Agatocles en Himera (311 a.C.). Los baleares eran famosos por ser instruidos en el manejo de la honda desde niños. No usaban ningún tipo de protección, tan sólo cubriéndose con túnicas ribeteadas (seguramente dadas por los cartagineses como pago por sus servicios). De hecho, muchos iban descalzos. Según Estrabón llevaban tres hondas para lanzar proyectiles de distinto peso y a distancia variable, teniendo las de más longitud un mayor alcance que los arcos. Según Diodoro, incluso podían lanzar proyectiles de una mina de peso (436 gr.), que aunque parece exagerado, nos da una idea de su potencia de fuego. La honda tenía otras ventajas sobre el arco y es que sus proyectiles, a diferencia de las flechas, no se veían en su trayectoria, haciendo más difícil cubrirse de ellos, a parte de que las heridas que producían podían llegar a ser mucho más graves. Es por todo esto que los honderos baleares fueron tropas muy cotizadas y durante Siglos se mantuvieron inalteradas en su escasa panoplia, siendo reclutadas por Cartago en importantes números (1.000 en Himera, 311 a.C.; en 218 a.C. 870 son enviados a África, mientras que 500 quedan con Asdrúbal en Iberia; quizás unos 2.000 en la expedición de Magón a Italia en 205 a.C.).


Honderos baleares.

          Hemos de destacar el mal uso que hacían de la caballería, con la que, sin embargo, contaban en gran número respecto a sus enemigos. No parece que hicieran tareas de reconocimiento, como puede apreciarse en Crimiso, ni de patrulla para atacar a los forrajeadores enemigos, pues no es nombrada en los sucesos previos a la batalla de Himera, quizás debido a la naturaleza noble de sus integrantes que verían con malos ojos unas tareas tan sacrificadas y carentes de gloria. Tan sólo la caballería númida tiene un papel que pudiera destacarse en estos aspectos, cuando en 309 a.C. se dedicaron a hostigar el avance del ejército de Agatocles por Libia. En batalla normalmente se colocaba delante de la infantería para abrir la batalla (Tunis 310 a.C.) junto a un buen número de carros (unos 300 en Crimiso y 2.000 en Tunis), arma exótica de tradición fenicia de época asiria y ya en desuso en los ejércitos de oriente; tremendamente efectiva contra tropas bisoñas y no bien organizadas, con un papel aceptable contra la caballería pesada, como pudo verse en Crimiso, cuando protegen el despliegue de la infantería ante el ataque de los jinetes siracusanos; y totalmente ineficaces contra una infantería bien dispuesta, como ocurre en la propia Crimiso; y en Tunis donde no solo son derrotados, sino que en su huida crean un tremendo caos en sus propias filas, hecho crucial en el desarrollo de la batalla que terminaría en derrota aplastante. Este hecho marcará el final de su uso, pues ya no vuelven a ser mencionados en ningún conflicto posterior.

          Un cambio tremendamente significativo tras la derrota en Crimiso fue que se decidió no enviar más tropas ciudadanas fuera de África[12], con lo que el papel de los aliados, mercenarios y pueblos subordinados creció enormemente. Pese a esto, aún podemos ver años más tarde en Himera a “dos mil soldados ciudadanos, entre los que se encontraban muchos nobles[13], quizás el Batallón Sagrado.

Infante libio.
          Ya que hasta Crimiso la infantería de línea estaba formada exclusivamente, o al menos en gran medida, por ciudadanos, ¿quién tomó entonces ese rol? La respuesta nos la da Diodoro de forma muy clara: “Ellos votaron por no arriesgar las vidas de los ciudadanos en el futuro, sino reclutar mercenarios extranjeros, especialmente griegos que, pensaban, responderían a la llamada en gran número debido al alto salario y a la riqueza de Cartago”. Por otra parte, los pueblos libios empezaron a aportar un importante número de hombres. En 311 a.C., por ejemplo, embarcan 10.000 hacia Sicilia. Desgraciadamente no existe en las fuentes ninguna descripción del armamento libio en esta época (hay que ir hasta el muy posterior y tremendamente especial ejército de Anibal en Cannas, cuyos libios habían tomado armas romanas tras Trasimeno). Las comunidades subordinadas aportarían ante todo tropas ligeras, armadas con escudo y un haz de jabalinas; mientras que las ciudades libias aliadas, con cuerpos de ciudadanos capaces de costearse armamento pesado, también suministrarían tropas de caballería e infantería de línea. Cómo se armaban estos últimos es una cuestión cuya respuesta no es nada sencilla. En un relieve en el yacimiento de Chemtou (Noroeste de Túnez) aparece una panoplia claramente hoplita, con escudo redondo de entorno a un metro de diámetro, convexo y con un amplio borde plano, asociado a una coraza de estilo helenístico de lino, con hombreras y pteruges[14] en la cintura. A esto podemos añadir que en 309, en Siracusa, “el cuerpo principal de infantería se dividió en dos falanges, uno compuesto por los bárbaros y otro por aliados griegos[15]. Sin embargo, quizás esa falange bárbara se refiera a los cerca de 2.000 ciudadanos cartagineses que desembarcaron en Sicilia dos años antes, extranjeros desde el punto de vista del griego Diodoro, que firma aquellas palabras. Además, aunque el yacimiento de Chemtou se ubica en territorio de los libios, nada asegura que ese relieve se refiera a la panoplia de uno de sus ciudadanos y no a uno cartaginés. Como decimos, el tema es complicado y faltan evidencias que nos ayuden a determinar cómo era el armamento de los libios del ejército cartaginés; en cualquier caso el tema no queda cerrado, ya que lo abordaremos un poco más adelante.


Jantipo arengando a las tropas cartaginesas antes de
la batalla de los Llanos de Bagradas.
PRIMERA GUERRA PÚNICA Y JANTIPO

                Con el estallido de la primera guerra entre Roma y Cartago asistimos a un cambio táctico fundamental con la introducción de elefantes de guerra. La primera aparición en las fuentes se da en la batalla de Agrigento (262 a.C.), en número de 60, aunque parece que aún no sabían darle un buen uso. Su uso había sido copiado del epirota Pirro, que los había traído consigo en su expedición a Italia y, poco después, a Sicilia, para combatir a romanos primero y cartagineses después. El rey epirota solía colocarlos en segunda línea, tal y como hizo Hanón en Agrigento, pero aquel había contado con un número muy inferior (menos de 20), y manejable, de elefantes, y los usaba para dar golpes de efecto en el momento adecuado. Quizás los cartagineses trataron de hacer lo mismo, inconscientes no solo del poder de carga con el que contaban sino además de lo inestables que eran, sobre todo en un número tan elevado; o puede que no confiaran en que estaban del todo entrenados para la batalla y no quisieran arriesgarlos a las primeras de cambio. En cualquier caso cuando la primera línea, compuesta por mercenarios, fue obligada a retirarse tras un duro combate arrastraron a los paquidermos, que entraron en pánico y desorganizaron al resto del ejército que huyó envuelto en caos.


                Pero en Cartago no se dejaron amilanar por este fracaso, conscientes del potencial de este animal como arma. Como hemos dicho, en Agrigento (262 a.C.) estaban presentes 60 elefantes, en los Llanos del Bagradas (255 a.C.) había 100 y nada menos que 140 en Panormos (250 a.C.); y según Apiano, en Cartago se construyeron establos con capacidad para 300 elefantes. Aunque la cifra parezca exagerada, hemos de recordar que el entrenamiento de estos paquidermos podía durar varios años, por lo que los cartagineses debían tener disposición de ellos con mucha anterioridad.

                El general lacedemonio Jantipo fue el que mostró el camino a seguir a los cartagineses en el uso de elefantes, colocándolos en vanguardia con el objetivo de romper las primeras líneas romanas en Bagradas y, no menos importante, impedir el tan importante y característico relevo de tropas durante la batalla. Si bien en Panormos los cartagineses aprendieron lo vulnerables que podían ser al ser usados para abrir las batallas si lo hacían de forma precipitada.

                El elefante de la selva (Loxodonta africana cyclotis) era una raza autóctona de la zona de los bosques no muy lejanos de la ciudad, las laderas del Atlas y de las costas del actual Marruecos. Tenía un peso que rondaba los 2-4.5 toneladas, una altura hasta la cruz de 2,15-2.5 m. y una velocidad de hasta 16 km/h, siendo de un menor tamaño que el elefante indio[16]. Los elefantes eran conducidos por los mahouts, que aunque suelen ser representados vistiendo solo una capa y un gorro, el sentido común nos indica que esto no podía ser así. Si el mahout resultaba muerto, y seguramente la mayoría de los proyectiles debían dirigirse hacia él, el elefante se volvería incontrolable, arremetiendo contra todo lo que tuviera a su alrededor, fueran tropas enemigas o propias. En cualquier caso, si esto ocurría, Asdrúbal Barca en Metauro (207 a.C.) desarrolló la idea de que el mahout llevara consigo un mazo y un cincel, que debía clavar en la base del cráneo si el animal se descontrolaba.

Moneda cartaginesa que muestra un
elefante de guerra conducido por un
mahout. Claramente se aprecia que no
carga con ninguna torre, lo cual, sin embargo,
 no es prueba de que no las usaran.
                No hay seguridad sobre si los cartagineses montaban torres a lomos de los elefantes, para colocar allí arqueros o lanzadores de jabalinas. Por un lado tan solo hay dos autores que mencionen torres en los elefantes cartagineses, Lucrecio y Juvenal, siendo estos de poca fiabilidad al respecto; y tampoco la arqueología o la numismática[17] pueden corroborarlo. Sin embargo, Pirro sí que contaba con torres sobre los suyos, y aunque estos eran indios, de tamaño algo mayor, en el Egipto Ptolemaico acostumbraban a hacerlo sobre elefantes de la selva (como se puede ver en la batalla de Rafia, 217 a.C.) y el rey númida Juba, poseía elefantes de la selva con torres en el 46 a.C.


Representación de un elefante cartaginés equipado
con torre.

                Con o sin torre, con su enorme fuerza y potencia el elefante era un arma en sí, capaz de arrollar a todo cuanto se pusiera por delante, además del devastador efecto psicológico que ejercían sobre la tropa enemiga. Y especialmente efectivos eran contra la caballería, pues las monturas que no estaban acostumbradas a su olor se negaban a acercarse a ellos.

                Fue también Jantipo el general que estableció los parámetros de entrenamiento y disciplina a seguir en adelante. “Y una vez que desplegó el ejército ante la ciudad y lo hizo formar, apenas comenzó a mover sus secciones en buen orden y a ejecutar maniobras regulares, tanta diferencia dejaba ver frente a la impericia de los generales anteriores, que el común, prorrumpiendo en gritos, instaba a plantar batalla de inmediato[18]. Esta cita de Polibio nos deja entrever varios asuntos. Por un lado la poca preparación de las tropas ciudadanas cartaginesas, no por falta de cualidades intrínsecas, sino por la falta de preparación por el hecho que ya no combatían en guerras fuera de África y la creciente dependencia de mercenarios. Pero en el 255 a.C. no hay tiempo ni a penas recursos para contratar soldados y libios y númidas habían dejado de suministrar tropas casi por completo. Además vemos también como el orden de marcha es fundamental para el modo de lucha púnico, algo que solo cobra sentido si este es en orden cerrado, algo que por otra parte el mismo Polibio remarca al describir a la tropa como falange. Un detalle que nos hace intuir que los ciudadanos cartagineses luchaban en falange hoplita, más allá de las constantes referencias de Polibio de que formaban en falange, es que Jantipo colocó a sus mercenarios, seguramente thureoforoi, en el ala derecha, protegiendo el lado más vulnerable de la rígida falange.

Relieve de Chemtou, en el que se muestra
una panoplia típica hoplita, compuesta
de coraza de lino y escudo argivo
                Vemos preciso hacer un inciso para explicar cierto aspecto en el armamento del ciudadano cartaginés que lleva pululando durante años: y es que se ha especulado mucho sobre si estos pudieron armarse al estilo de una falange helenística de piqueros. Jantipo, como griego y gran conocedor del arte de la guerra que era debía conocer esta formación táctica que tantos éxitos les había dado a Filipo II y Alejandro Magno hacía ya un Siglo. Pero lo cierto es que ni en la propia Grecia la falange helenística había desplazado por completo al hoplita y muchas ciudades, incluida la Esparta natal de Jantipo, no la habían adoptado. No fue hasta las reformas de Cleómenes III (227-226 a.C.) cuando los lacedemonios arman una tropa de periecos con picas asidas con las dos manos. Tampoco hay evidencias arqueológicas ni en las fuentes que sugieran la introducción de la falange helenística en Cartago para esta época, ni tampoco más adelante. Quizás fuera el gran Peter Connolly el primero que lanzó esta idea, que sin embargo se basaba en una mala traducción de Loeb, en la que entendía piqueros cuando Polibio hablaba de longchai, una lanza corta y de hoja ancha que servía tanto de acometida como para ser arrojada.

               
Tetradracma de Agatocles. Muestra a la
diosa Niké con una armadura trofeo
compuesta por coraza de lino, escudo
argivo y casco cónico con carrilleras,
seguramente de origen púnico
Pero, sin embargo, la aportación más destacable de Jantipo fue enseñar a los generales cartagineses como aprovechar al máximo las armas de que disponían. Ya hemos hablado de los elefantes, pero no menos importante fue el protagonismo que le dio a la caballería. En los Llanos del Bagradas (255 a.C.) se sitúa en las alas, con apoyo de la infantería ligera, para barrer a los équites romanos, muy inferiores en número (4.000 contra unos 500) pero también en calidad, para después volver al campo de batalla y atacar flancos y retaguardia de la infantería. Esta táctica de doble envolvimiento sería la pauta común desde ese momento en adelante, sin embargo, en Panormos (250 a.C.) no se menciona acción alguna de la caballería del general Asdrúbal. Aunque hay que mencionar que ni el terreno de Sicilia ni el desarrollo de la Primera Guerra Púnica, basado en batallas navales, pequeñas escaramuzas y largos asedios favorecían el uso de caballería.
                En cualquier caso, Cartago podía contar en África con distintos tipos de caballería, pesada y ligera, encuadrados, de forma básica, según su procedencia.

               
Jinete númida.
Desde hacía generaciones Cartago había podido contar con el apoyo de grandes contingentes de caballería númida gracias a alianzas y lazos matrimoniales entre las élites (quizás unos 2.000 en los Llanos de Bagradas, 255 a.C.; 2.000 con Amílcar en la Guerra de los Mercenarios, 240-237 a.C.; 1.800 en Dertosa, 215 a.C.; y hasta 4.000 parten con Aníbal a Italia, 218-202 a.C.). Estos jinetes, a los que Livio sitúa como la mejor caballería de toda África, iban armados de forma muy ligera, no contaban con armadura alguna y tan solo estaban protegidos por un liviano escudo circular, mientras que para atacar se valían de jabalinas y tal vez una daga o un cuchillo. Lo más peculiar es que para manejar a sus pequeños caballos (no mucho más grandes que un poni actual) no lo hacían con ningún tipo de bocado, algo del todo inusual, ayudándose tan solo con un cordel alrededor del cuello y sus piernas. Gracias a su velocidad y resistencia eran muy eficaces en el hostigamiento y la persecución, siendo su táctica habitual acercarse al enemigo para arrojar sus jabalinas y acto seguido retirarse rápidamente para reorganizarse y repetir la operación.


Jinete cartaginés. 
                Por otro lado la propia nobleza cartaginesa y libiofenicia también aportaba un pequeño contingente de caballería (1.000 en Tunis, 310 a.C.; unos 1.500 en Bagradas, 240 a.C.; 450 libiofenicios en Dertosa, 215 a.C.). Basándonos en la única representación que se ha hallado de jinetes púnicos, se puede decir que estos estaban fuertemente armados, con un yelmo semiesférico con carrilleras, de estilo asirio, escudo de unos 60 cm. de diámetro, una larga lanza de acometida, espada y una valiosa capa. Aunque el torso del jinete aparece oculto por el escudo pero es probable que también se protegieran por corazas, que irían de escamas y laminares a lo largo del Siglo IV a.C. hasta que poco a poco se irían imponiendo las musculadas y de lino. A diferencia de los númidas si usaban bocado para manejar al caballo y aunque no usaban silla, según Silio Itálico montaban sobre una manta, al igual que los griegos.

                Al igual que ocurría con la infantería libia, tampoco existe descripción alguna sobre su caballería y es, nuevamente, al igual que con la caballería cartaginesa, la arqueología la que arroja algo de luz. Según una figurilla de terracota hallada en el Norte de África los jinetes libios disponían de una coraza anatómica musculada, aunque las de lino también serían habituales, incluso es probable que algunos llevaran túnicas de paño grueso como protección; escudo circular con umbo y borde reforzado; y jabalinas pesadas, quizás útiles tanto para ser arrojadas como para el cuerpo a cuerpo. Con toda probabilidad contarían también con una espada y, aunque en la figurilla aparece con la cabeza descubierta, luciendo un peinado dispuesto en capas de rizos al estilo de los númidas, es probable que se protegieran con yelmo, pues tras el escudo era la protección más esencial.

                Así pues, y siguiendo a varios autores[19], llegados a este punto de la historia, los ejércitos púnicos cumplen gran cantidad de requisitos para considerar que se ajustan al modelo helenístico. Contaban con variedad y especialización de tropas, tendencia a la profesionalización y empleo de mercenarios, hacían uso de caballería ligera y pesada así como infantería de uso mixto, empleo de armas exóticas, complejidad étnica de los ejércitos y profesionalización de los mandos, liderazgo carismático en el campo de batalla, logística y pagos complejos, guarniciones permanentes con mercenarios y poliorcética desarrollada.


Imagen de la batalla de Metauro. Se aprecia la enorme
heterogeneidad del ejército púnico.
LOS BÁRCIDAS

                Hacia el final de la Primera Guerra Púnica emergió la figura del que, para Polibio, fue el mejor general de todo el conflicto: Amílcar Barca. Aunque planteó una estrategia mucho más agresiva que sus predecesores en el mando, su inferioridad en recursos y en cantidad y calidad de infantería hizo que no se atreviera a plantar batalla en campo abierto, sino que se dedicó a realizar incursiones, acosar las líneas de suministro y a sostener frecuentes escaramuzas contra las tropas consulares. Contaba con tropas adaptadas a este tipo de guerra, como eran sus mercenarios iberos, celtas, ligures y, sobre todo, baleares, pero siendo, en teoría, el núcleo del ejército los hoplitas libios, aproximadamente la mitad de sus tropas, que basaban su fuerza en el choque cerrado, ¿cómo pudo sostener durante seis años este tipo de enfrentamientos?

                Desde la batalla de los Llanos de Bagradas (255 a.C.) hasta la llegada de Amílcar a Hispania (237 a.C.) las tropas del ejército cartaginés, nos referimos aquí a ciudadanos y libios fundamentalmente, sufrieron un cambio drástico en su armamento, en base a que todo apunta que cambiaron el tradicional escudo argivo, redondo, pesado y con doble asidero, por el thureo, oval y con asidero central horizontal.

                Debemos aceptar que para mediados del Siglo III a.C., las tropas ciudadanas de Cartago usaban el escudo hoplita, pues Polibio no deja de referenciarlos como falange en la batalla dirigida por Jantipo: “…desplegó a los elefantes en una sola línea delante de toda la formación, mientras que la falange cartaginesa la situó detrás de aquellos, a una distancia moderada” (I, 33), unido al hecho de que, como dijimos antes, el lacedemonio colocara a un nutrido grupo de mercenarios griegos, seguramente tureoforos, a la derecha, es decir, en el lado más vulnerable de una falange hoplita, nos da pistas muy claras del tipo de soldado que era el cartaginés.

Estela cartaginesa donde se
muestra un escudo oval.
                Sin embargo, no solo escudos ovales aparecen representados en varias estelas cartaginesas (El Hofra, Cirta…), sino que además es a partir de la expansión cartaginesa en Hispania, llevada a cabo por la familia Barca durante el último tercio del Siglo III a.C., cuando empieza a hacerse común en el valle del Guadalquivir y el sureste peninsular según revelan las fuentes literarias, iconográficas y arqueológicas. Además, un hecho que no debe pasarse por alto es el relativo a la adopción de armas romanas por parte de los libios del ejército de Aníbal tras las batallas de Trebia y, sobre todo, Trasimeno. Cambiar el característico escudo hoplita, que determina enormemente el estilo de lucha, por armamento romano en medio de una campaña militar en el extranjero y sin tiempo para entrenamiento hubiera sido un riesgo innecesario impropio de Aníbal. En cambio, si el infante libio ya contaba con escudo oval no hubiera percibido gran diferencia, salvo que el scutum romano era convexo, en forma de teja, lo cual, según Livio, protegía mejor al usuario. Cotas de malla y cascos de tipo Montefortino pudieron sustituir sin dificultad a las linothorax y capacetes cónicos con carrilleras. ¿Pero qué hay del armamento ofensivo? Entre los romanos estaba extendido ya el uso del pilum[20], que se lanzaba en salvas, para luego avanzar hasta el cuerpo a cuerpo espada en mano. ¿Era este modo de lucha el que ya usaban los libios o seguían usando la tradicional lanza? Es más ¿alguna vez los libios usaron de forma generalizada la lanza de choque del hoplita griego o en su lugar preferían la jabalina o lanzas más ligeras como el longchai, con el doble uso de ser lanzada o golpear con ella?  Desgraciadamente no existen datos que puedan arrojar luz a estas incógnitas. De cualquier modo, parece claro que las tropas libias, y seguramente también las ciudadanas, para la época de la Segunda Guerra Púnica usaban escudo oval, apto tanto para escaramuzas como para combates cerrados, y una formación algo más abierta que la falange hoplita. Cabe recordar la magnífica, y complicada, maniobra que realizaron en Cannas (216 a.C.) para atacar los flancos de las legiones romanas, algo bastante complicado para la rígida falange hoplita.

                ¿Y por qué este cambio y justo en este momento? Como hemos visto en capítulos anteriores, desde el 341 a.C. Cartago había decidido contratar mercenarios griegos (seguramente ya lo hacía desde antes, pero desde el episodio de Crimiso lo haría en grandes cantidades). Es a lo largo del Siglo IV a.C. cuando en Grecia emerge el peltasta como el mercenario característico, armado con un escudo ligero, jabalinas, espada y, en el mejor de los casos, yelmo, y que eran capaces de luchar tanto en orden abierto como cerrado. Con el tiempo fueron evolucionando, protegiéndose mejor con armaduras de lino y adoptando el thureos oval como escudo[21], pasando entonces a denominarse thureoforoi, convirtiéndose en un tipo de tropa muy versátil y móvil y en el arquetipo del mercenario griego. Es posible que fueran tureoforos los que combatieran en el ala derecha cartaginesa en los Llanos de Bagradas, y en cualquier caso era un infante bien conocido en Cartago, y no menos por Amílcar, hombre tan unido al mundo griego como era[22]. Tampoco podemos olvidar que también los griegos siciliotas los conocerían y usarían en sus guerras contra la propia Cartago, así como Pirro; y tampoco podemos olvidar que las tropas galas, las cuales Cartago contrataba como mercenarios desde hacía generaciones, contaban también con escudos ovales desde hacía Siglos. A parte de toda esta argumentación, resulta demasiado evidente que el mundo cartaginés conocía el escudo oval itálico, scutum, a través de la larga lucha contra Roma.

                El relieve de Sicilia determinó enormemente las distintas operaciones a lo largo de la Primera Guerra Púnica. La difícil orografía, donde escasean las llanuras y abundan las colinas fácilmente defendibles hizo que las batallas campales fueran escasas, contabilizándose tan solo dos en la isla, siendo estas frente a grandes ciudades fortificadas: Agrigento (262 a.C.) y Panormos (250 a.C.). El relieve tremendamente accidentado impedía el despliegue de grandes números de caballería y, en cualquier caso, dificultaba su maniobrabilidad al igual que no era propicio para los infantes de tipo hoplita, poco versátiles y escasamente ágiles, como parece ser que eran los aliados libios y algunos de los mercenarios griegos. Con estas premisas, como es lógico, siempre que cartagineses y romanos habían cruzado las armas, estos últimos habían demostrado ser muy superiores.

Tureoforos griegos
                No podemos pensar que el cambio fue repentino ni iniciado por algún tipo de reforma al estilo de la de Filipo II en Macedonia (con todos los matices con los que debe observarse dicha reforma). En cambio, las necesidades de la guerra, la demostración de la superioridad del tureo en ese tipo de circunstancias y la fuerte influencia griega hicieron que las tropas cartaginesas en Sicilia empezaran a adoptar ese escudo, proceso que duraría años e incluso puede que ya se iniciara, de forma tímida, desde tiempo antes.

                De cualquier modo, parece bastante claro que hacia el final del conflicto con Roma el escudo oval se había convertido en el más habitual entre las tropas cartaginesas, cambio que se mantendría hasta el final de la ciudad. 
 
                Pero más allá del cambio de armamento producido, Amílcar aportó al ejército cartaginés un enorme refuerzo del liderazgo carismático, mayor grado de profesionalización, mayor cooperación entre las distintas tropas y un mayor grado, si cabe, de multietnicidad.

                La desagradable experiencia de la guerra en Sicilia le había mostrado que para lograr sus objetivos bélicos y políticos debía lograr que el ejército se “alimentara” a si mismo y esto, irrevocablemente, requería conquistas. El lugar elegido fue la inhóspita Hispania, cuyas costas eran bien conocidas por los comerciantes cartagineses, pero cuyo interior estaba poblado por pueblos más belicosos. Aunque no es el objeto de este artículo, vemos aquí el funcionar de la política de la urbe púnica (y en general, con sus diferencias y particularidades, de cualquier polis mediterránea, incluida Roma), en la que cada familia actúa según sus intereses primero y en segundo plano por los intereses de su ciudad. El ejército de Amílcar es el ejército de la familia Barca no el ejército de Cartago y así se demuestra a lo largo de la época de expansión en Hispania y durante la Segunda Guerra Púnica[23] hasta su heroico final en Zama, muy representativo de lo que estamos diciendo al alinearse por separado las tropas ciudadanas y los veteranos de Aníbal traídos desde Italia. Y por tanto, puesto que es Amílcar el que consigue el estipendio para sus soldados, estos le son fieles a él, no a la alejada y, en muchos casos, desconocida Cartago.

                En la batalla de Bagradas (240 a.C.), a la postre única batalla de Amílcar mínimamente detallada, vemos la compleja maniobra que realizan sus tropas, en este caso ciudadanas en su gran mayoría, pero también extranjeros y algunos de los mercenarios de Sicilia. Amílcar marchaba con los elefantes en vanguardia, en el centro la caballería y la infantería ligera y en retaguardia la infantería de línea. Advirtiendo que el enemigo atacaba precipitadamente, mandó invertir el orden de la marcha, pasando la infantería pesada al frente y la vanguardia atrás. Los rebeldes, creyendo que los cartagineses huían, abandonaron toda formación y atacaron en tromba. De improviso se encontraron con la infantería púnica haciéndoles frente y en cuanto la caballería y los elefantes amenazaron sus flancos huyeron tan rápido como habían atacado. Se inició una persecución en la cual las tropas móviles de Amílcar dieron buena cuenta de sus enemigos, matando a 6.000 entre libios y extranjeros y tomando 2.000 prisioneros. Sin duda este es buen ejemplo de las nuevas tácticas que introdujo el general cartaginés, en las que la movilidad y número de la caballería, la potencia de los elefantes y la versatilidad de una infantería más móvil (y probablemente de uso mixto, como hemos visto antes) que en tiempos anteriores cobran importancia y todos los cuerpos del ejército cooperan entre sí con un plan complejo y preestablecido.

                Sobre el campo de batalla, como podemos ver en Trebia (218 a.C.) y Dertosa (215 a.C.), las mejores tropas de infantería, o al menos las más fiables en cuanto a moral y disciplina, se colocaban en las alas, junto a la caballería, con la intención de aprovechar y potenciar la presumible victoria de esta sobre la más débil de los romanos. La táctica era el doble envolvimiento, ya perpetrado por Jantipo en los Llanos de Bagradas (255 a.C.), pero ahora con una línea más flexible y heterogénea. Los elefantes, en un número menor que en la Primera Guerra Púnica, se colocaban en apoyo de la caballería, como en estas dos batallas. En caso de que el terreno impidiera un despliegue más amplio, se trataba de ganar uno de los flancos, potenciándolo con las mejores tropas, toda la caballería y los elefantes, como en Metauro (207 a.C.). No ocurre así en Ilipa (206 a.C.) o los Grandes Campos (203 a.C.), ambas dirigidas no por un bárcida, sino por Asdrúbal Giscón, en las que la mejor infantería queda colocada en el centro. La infantería ligera, jabalineros y honderos, eran usados de forma mucho más agresiva que antes, cubriendo el despliegue de la infantería de línea, apoyando a la caballería, desplazándose para atacar los flancos y la retaguardia enemigos, tomando y protegiendo colinas, realizando emboscadas… mostrándose enormemente superiores a la infantería ligera romana en la primera mitad de la Segunda Guerra Púnica.

                Atendiendo a la descripción que hace Livio de la batalla de Dertosa (215 a.C.), vemos como menciona que el ala derecha de Asdrúbal estaba compuesta por cartagineses. No debemos pensar, sin embargo, que aquel decreto de 341 a.C. de no enviar tropas ciudadanas a guerras fuera de África había sido revocado o que, quizás, estos eran voluntarios. En cambio, lo más probable parece que con “cartagineses” se refiera a ciudadanos de las poblaciones fenicias del Sur de la Península Ibérica, que, en cualquier caso, usarían un armamento similar al de los libios: escudo oval, yelmo, coraza ligera, espada corta, lanza o jabalinas… con cierta influencia local.

                Desde hacía Siglos, los ejércitos púnicos se habían nutrido con mercenarios procedentes de Hispania. El uso mixto que tenía la infantería hispana, capaz de luchar en escaramuza y terreno abrupto así como en batalla campal en toda regla, los hacía guerreros muy apreciados. Que Amílcar tuviera que hacerles frente en, al menos, tres batallas desde que desembarcara en Gades en 237 a.C. da suficiente crédito de sus cualidades como infantería de línea, en contra de los estereotipos que los describían (y algún autor se empeña en seguir describiendo) como poco más que bandoleros[24].

                Dentro de esta visión general del guerrero hispano (iberos, celtiberos, lusitanos, etc.) se pueden percibir con claridad diversas diferencias regionales en la panoplia. Así, al Norte del Ebro era ya habitual el escudo oval, de influencia celta, mientras que en el resto de la Península, se protegían con la típica caetra, un escudo redondo y ligero de unos 60 cm. de diámetro como máximo, fabricado en madera o planchas de cuero pegadas, con umbo central  metálico. Las corazas no eran habituales y en todo caso los discos metálicos y las grebas de los Siglos V y IV a.C. fueron quedando relegados en importancia por modelos más ligeros y baratos, hechos con lino o cuero. La lanza y la jabalina estaban muy extendidas, así como un tipo de jabalina pesada, toda de hierro, llamada soliferreum. La espada corta era un arma de gran prestigio, siendo  habitual la falcata hacia el Sureste y el gladius hispaniensis en el centro y Norte. La primera lucía una estilizada hoja curva, parecida al kopis griego, mientras que la segunda era de hoja recta, pero ambas de unos 45-60 cm. de largo y capaces de herir de filo y de punta.

                Conforme el dominio púnico en Hispania se iba acrecentando, los ejércitos de la familia Barca (y también los de los demás generales púnicos durante la segunda guerra contra Roma) se hicieron con los servicios de un número creciente de tropas hispanas, ya fuera en calidad de súbditos (tras las primeras conquistas, sobre todo entre los turdetanos), aliados (como Cástulo y otras comunidades oretanas) o mercenarios (celtíberos, lusitanos…), estos últimos de forma creciente una vez mediada la Segunda Guerra Púnica. Tras la primera batalla de Amílcar en Hispania, este incorporó a 3.000 de los hombres de la coalición que se le había enfrentado[25]. Al comienzo de la Segunda Guerra Púnica (218 a.C.) son enviados a África 13.850 infantes y 1.200 jinetes[26]; mientras que Aníbal llega a Italia (218 a.C.) con unos 8.000 infantes iberos y aproximadamente 2.000 jinetes[27]. En 211 a.C. 7.500 iberos (suesetanos según Livio, pero más probablemente ilergetes, ambas, en cualquier caso, tribus iberas al Norte del Ebro) dirigidos por Indíbil apoyan a Magón Barca y Asdrúbal Giscón contra los hermanos Escipión. Y son 4.000 mercenarios celtíberos en la batalla de las Grandes Llanuras (203 a.C.) al mando de Asdrúbal Giscón.


Infante ibero.
                Como leemos en las fuentes[28] y vemos en necrópolis y en varias representaciones, como los relieves de Osuna y las figuras de Liria… la infantería hispana de los ejércitos púnicos fue adoptando nuevos tipos de armas. Cambio propiciado por la mayor intensidad de la guerra. Así, el escudo oval sustituye a la tradicional caetra, lo cual, de paso y como hemos mencionado antes, es una prueba de que el primero estaba ya extendido entre las tropas libias que conformaban el ejército de Amílcar en Hispania. También el casco de bronce de tipo Montefortino, con guardanucas y carrilleras, sustituye a los modelos más ligeros fabricados en cuero o tendón. Pero el armamento ofensivo siguió siendo básicamente el mismo: espada corta, lanza, soliferreum y jabalinas.    
Vaso de Liria. Se puede observar una serie de guerreros
portando escudos ovales.

Relieve de Osuna.
Jinete ibero
                Por su parte los hispanos empezaron también a aportar contingentes de caballería (300 ilergetes con Asdrúbal en 218, 1.200 fueron enviados a África ese mismo año y unos 2.000 con Aníbal en su expedición a Italia), que se desarrolló igualmente hacia esta época. Iban armados de forma muy similar a la infantería, no en vano, era normal que desmontaran para luchar a pie. Se protegían con yelmo de bronce y caetra, más funcional a la hora de montar y desmontar y menos pesada, facilitando el equilibrio encima del caballo (recordemos que aún faltaban siglos para la introducción de los estribos), mientras que las corazas de lino, cuero y malla serían usadas cada vez con mayor frecuencia. Junto a la falcata, portaban una lanza ligera para ser arrojada y otra pesada de choque, con cabeza distintivamente delgada y larga (incluso por encima de los 55 cm.), con conteras también más largas de lo habitual.


Representación de la batalla de Trebia.
ANÍBAL

                Aunque en su base el de Aníbal se ajustaba al modelo de los demás ejércitos cartagineses de la época, hemos de destacarlo en este artículo no solo por ser el que, con diferencia, más éxitos cosechó y más refinamiento alcanzó en todas sus tareas, sino por las particularidades que fue acumulando conforme su aislamiento en Italia se iba alargando.

                Anteriormente hemos destacado el carácter esencialmente helenístico de los ejércitos cartagineses del Siglo III a.C., pero el de Aníbal destacó sobremanera en dos aspectos fundamentales: la profesionalidad de la tropa y la personalidad y carisma del general. El núcleo del ejército, esto es, libios e hispanos, ya habían luchado durante años en Hispania, algunos incluso bajo las órdenes de su padre y su cuñado. Y conforme la segunda guerra contra Roma avanzaba, estando aislados en Italia y cortadas las comunicaciones con sus tierras de origen, fueron comportándose cada vez más como una comunidad móvil de soldados, fieles únicamente a sus compañeros y a su general, cuyo, carisma, liderazgo y habilidades fueron reconocidos incluso por quienes lo odiaban[29]. Esto contrasta con los demás ejércitos púnicos de la época, en los que cada vez se dependió de tropas locales para ir supliendo las bajas, lo que hacía que carecieran de ese núcleo veterano tan importante. Tampoco el liderazgo y capacidad para operar con las tropas en el campo de batalla fue comparable entre Aníbal y el resto de sus congéneres. Tan solo podríamos destacar a su hermano Asdrúbal y en segundo plano a su otro hermano Magón.

                Uno de los rasgos más destacables de Aníbal como general era su capacidad para preparar tretas y emboscadas. Así sucede en Trebia (218 a.C.) cuando embosca a 1.000 infantes y 1.000 jinetes a las órdenes de su hermano Magón para, una vez iniciada la batalla, atacaran la retaguardia romana. Operación que repetiría contra Fulvio Flaco en Herdonea (212 a.C.). Y también Marcelo sufrió una emboscada que le llevaría a la muerte cerca de Venusia (208 a.C.). Pero ante todo, debemos destacar la batalla de Trasimeno (217 a.C.), en la que todo un ejército consular fue emboscado y destruido. La infantería ligera y la caballería númida tenían un papel fundamental en este tipo de operaciones, arrasando los campos para provocar (Tesino, 218 a.C. y Trasimeno, 217 a.C.), hostigando el campamento enemigo para incitar la batalla cuando y donde él había previsto (Trebia, 218 a.C.), rodeando el campo de batalla sin ser vista para atacar la retaguardia por sorpresa (Herdonea, 212 a.C.) o acosando al enemigo y atrayéndolo allí donde Aníbal había preparado su treta (Geronium, 217 A.C.).


                Nada más atravesar los Alpes y llegar a la Galia Cisalpina, Aníbal empezó a reclutar galos para su ejército. En Trebia (218 a.C.) ya alineaba a unos 8.000 infantes y 4.000 jinetes; mientras que en Cannas (216 a.C.) la cifra ascendió a 20.000 y 4.000 respectivamente. Aníbal los uso como “carne de cañón”, siendo la parte más prescindible de su ejército, sin el entrenamiento y disciplina de sus veteranos.

                El guerrero galo era famoso por su altura y ferocidad, aunque también por su indisciplina e inconstancia. Aunque los galos portaban lanza, algunas de hasta 2,5 metros, la espada era claramente el arma principal, y se especula que la lanza era arrojada al iniciarse el combate. A lo largo del Siglo IV a.C. los galos usaban espadas con hoja de unos 55-65 cm., pero para la época de las Guerras Púnicas la mayoría iban armados con espadas largas (75-90 cm.) sin punta, que eran usadas solo de tajo. La práctica de combatir desnudos se había ido perdiendo con el tiempo, aunque aún era habitual que lucharan tan solo vestidos con un pantalón y una capa, aunque algunos jefes podrían cubrirse con cotas de malla. El escudo era el característico oval (de 100 x 55 cm. aproximadamente), hecho de madera cubierta de cuero, con espina central y umbo reforzado en hierro. Y el yelmo de tipo Montefortino, en bronce o hierro y provisto de carrilleras, aunque no todos los guerreros lo llevaban.

                La caballería usaba un escudo redondo, con espina horizontal, o el típico oval galo. La mayoría de los jinetes usaban yelmos y cotas de malla, como así lo muestran las imágenes del caldero de Gundestrup. También era frecuente que portaran espada larga y una lanza de empuje, cuya punta podía tener gran cantidad de tamaños y formas, aunque la más habitual era en forma de hoja con una curva hacia adentro desde la punta hacia la parte más ancha. Los galos usaban silla de montar, de invención propia, así como espuelas y bridas para manejar el caballo.

Batalla de Zama. Aníbal y Magón se unen
a la lucha comandando las tropas galas
                Como vemos en Trebia, Aníbal mantenía los parámetros básicos que con el tiempo se habían ido imponiendo: número importante de caballería para ganar los flancos y envolver al enemigo por ambos lados, lo más granado de la infantería en las alas para dar continuidad a la victoria de los jinetes, elefantes dando apoyo a estos, infantería ligera especialista, flexibilidad en toda la línea… Sin embargo, vemos también como es capaz como nadie de elegir el terreno de batalla a su favor y combatir bajo sus normas y cuando él consideraba oportuno. Por ejemplo, pocos días antes de esta batalla, había rechazado sacar a sus tropas del campamento cuando una escaramuza de caballería se iba desarrollando en su contra al considerar que una batalla en aquellas circunstancias tan precipitadas era dejar muy al azar el resultado final.


                En cambio en Cannas (216 a.C.) asistimos a algo nunca antes visto. En apariencia el despliegue táctico no difiere mucho de Trebia, sin embargo ofrece una serie de geniales diferencias. ¿Cómo podía un ejército de 50.000 hombres vencer a otro de 86.000? Es más, ¿cómo logró Aníbal rodearlo y aniquilarlo? Aníbal no contaba con la baza de los elefantes, perdidos a lo largo de los Alpes y en el invierno siguiente; tampoco, a priori, el angosto campo de batalla elegido por los romanos era favorable para poder sacar provecho de su superior caballería y tampoco ofrecía posibilidades para tender una emboscada. Para empezar Aníbal no desplegó su caballería de forma equitativa en número y tipo entre las dos alas, como era habitual, sino que situó a todos los númidas (unos 4.000) en la derecha con el objetivo de entretener a los équites aliados, o vencerlos, si podían. Concentró a toda su caballería de choque (aproximadamente 6.000) en la otra ala, en gran profundidad y con gran superioridad numérica sobre sus contrarios, para poder barrerlos rápidamente y así ganar la retaguardia antes de que la potente infantería rival rompiera el centro de la línea, como había pasado en Trebia. Ese precisamente era el punto más delicado del dispositivo, allí colocó a las flexibles formaciones de galos e hispanos (unos 24.000-26.000 en total), bajo su mando directo y el de su hermano Magón, con una línea convexa hacia el enemigo para atraerlo mientras su centro retrocedía y se iba convirtiendo en cóncava. En un frente de infantería que ocuparía entre 1,5 y 2 Km., los romanos, llenos de ímpetu al ver retroceder al enemigo, no se dieron cuenta de que ellos mismos avanzaban para ser rodeados. Por último, lo mejor de su infantería, los libios (8.000-10.000 hombres), esperaba en reserva, libre para maniobrar sobre el campo de batalla y rodear, llegado al momento, a los romanos por ambos flancos. Y así, como los engranajes del mecanismo de un reloj, cada una de sus piezas se movió con precisión para realizar su cometido. Aníbal no solo aprovechó la flexibilidad y profesionalidad de su infantería y la velocidad de su caballería ligera y la potencia de la pesada; también tuvo en cuenta y supo sacar beneficio de las características del ejército romano.

                No podemos obviar tampoco el gran trabajo de sus altos oficiales, no sólo Magón, también de Maharbal, que suponemos que dirigía a los númidas, y Asdrúbal, que tenía la crucial y difícil tarea de reagrupar a una caballería vencedora para que, en vez de perseguir a los derrotados romanos, diera apoyo a los demás cuerpos del ejército. Precisamente, un año antes, en la batalla de Rafia, el rey seleucida Antíoco III había vencido con claridad en el ala que él mismo comandaba pero perdió la batalla al dedicarse a perseguir a los jinetes que huían en lugar de apoyar al resto de su ejército. Cannas, en definitiva, fue una obra maestra de la táctica, la disciplina y la preparación, el culmen de toda una serie de lecciones aprendida durante, sobre todo, la Primera Guerra Púnica y la Guerra de los Mercenarios y con el toque genial de uno de los mejores tácticos de la historia… Pero, sin embargo, no debemos pensar que el resultado era predecible de antemano, a lo largo de la batalla hubo momentos críticos en los que se podía haber perdido: si Asdrúbal no hubiera vencido con suficiente rapidez a la caballería romana, si iberos y galos se hubieran desorganizado en su retroceder o si su línea no hubiera aguantado suficientemente la presión de hastati y princeps o si la caballería númida no hubiera resistido los envites de la enérgica caballería aliada.

                En Zama (202 a.C.), por el contrario, Aníbal había tenido que improvisar un plan táctico usando los recursos que tenía. Por primera vez se enfrentaría a los romanos con inferioridad en caballería (2.000 contra 6.100), gracias a los 4.600 númidas que aportaba Massinisa para Escipión. En cambio tenía superioridad numérica en infantería, a la que colocó en tres líneas, recordando al triple accies romano. Sin embargo, no había tenido tiempo de realizar entrenamientos que coordinaran cada una de las fuerzas con tres orígenes distintos: los restos del ejército de su hermano Magón, la bisoña tropa ciudadana y sus veteranos traídos de Italia, entre los que ahora también había itálicos. Al final, tan solo estos últimos dieron la talla. Por otro lado colocó a sus 80 elefantes mal entrenados frente a la infantería. El objetivo era que la caballería aguantara lo suficiente para dar tiempo a que su infantería batiera a la de Escipión. Pero no fue así. En cierto modo, Zama es un esbozo de lo que había aprendido Aníbal en Italia y de los romanos.

                Entre las tropas veteranas en Zama se encontraba algún millar de brucios, aunque otros pueblos itálicos habían luchado junto a Aníbal, especialmente desde Cannas. Así tenemos a 17.000 infantes, la mayoría brucios y lucanos, en Beneventum (214 a.C.). Aunque fue en la segunda guerra contra Roma cuando se emplearon en grandes cantidades, ya desde hacía Siglos se habían ido contratando como mercenarios, como los 300 etruscos en Himera (311 a.C.) y un número incierto a las órdenes de Amílcar Barca, dado que uno de los líderes rebeldes era campano.

Infante brucio
                Los soldados de la mayoría de los pueblos oscos (samnintas, lucanos, brucios…), iban equipados con un escudo oval similar al usado por los romanos, cóncavo, con bordes reforzados y espina central, pero algo más ligero. Aunque en las zonas costeras también sería usual un escudo redondo con borde reforzado, similar al aspis hoplita, pero más liviano y, quizás, con un único asidero central[30]. Además, según Sexto Pompeyo Festo, los brucios usaban la parma, un escudo redondo y ligero. El yelmo de bronce de tipo ático era de lejos el más común, aunque también el Montefortino era usado. Los más acomodados se protegerían también con grebas y corazas de disco, triple disco[31] o cuadradas, fabricadas en bronce, que cubrían parcialmente el torso. El arma principal era la jabalina, de 1,8 m. de longitud, con lazo para lanzarla y cabeza de hierro, pero sin contera. No hay evidencias de que usaran el pilum, a pesar de que la tradición romana afirmaba que lo adoptaron de los samnitas. También usaban lanzas cortas de empuje, con pesadas cabezas de hierro. Las largas dagas y espadas rectas y cortas que los oscos usaban originalmente fueron siendo sustituidas por el kopis griego, adoptado desde las ciudades costeras.

               
Guerrero ligur
La primera línea de Aníbal en Zama estaba formada por los restos del ejército de su hermano Magón: galos, mauritanos, baleares y ligures. Estos últimos eran habituales como mercenarios en los ejércitos púnicos desde hacía tiempo (por ejemplo en Crimiso, 341 a.C.; o los 300 que se quedaron para proteger Hispania en 218 a.C.). Aunque preferían las escaramuzas y el hostigamiento a distancia, eran feroces en el combate cerrado, pero intuimos que no demasiado efectivos. Atacaban con un haz de jabalinas cortas (1,2 m.) de cabeza de hierro de tres filos y espadas cortas y rectas o largas dagas, aunque en algunas tribus era más habitual la espada larga de influencia gala. El escudo más habitual era el llamado scutum ligusticum, plano y oval o acabado en esquina en los bordes superior e inferior. La pobreza de estos pueblos impedía que las corazas fueran habituales y solo unos pocos usarían yelmo, en su caso tipo Montefortino o Negau.


Las tropas romanas asaltan Cartago.
TERCERA GUERRA PÚNICA

                Con la derrota de Aníbal, Roma impuso unas duras condiciones de paz a Cartago, entre las que estaba no poder declarar la guerra fuera de África y allí tan solo con el consentimiento de los romanos. Con Roma dominando el Mediterráneo desde Iliria hasta Lusitania y el fuerte reino númida de Massinisa en el Norte de África, Cartago asistió a medio Siglo de tensa paz que, en cualquier caso, mantuvo inactivos a sus gentes en cuestiones bélicas, toda vez que había hecho innecesaria la recluta de mercenarios.

                Siguiendo los resúmenes del texto perdido de Livio, Aníbal fue nombrado sufete en el 196 a.C. y siguió una política que favorecía a las clases más bajas, aumentando el poder de la Asamblea Popular en detrimento de la oligarquía. Está claro que algunas de sus medidas favorecieron el despertar de la economía púnica y en tan sólo 10 años las arcas del Estado ya estaban capacitadas para pagar toda la deuda a 50 años. Del mismo modo, es posible también que las medidas lograran aumentar el número de ciudadanos capaces de costearse un armamento adecuado para formar como infantería de línea. Durante la Guerra de los Mercenarios (241-237 a.C.), Cartago pudo poner en pie de guerra a, como mucho, 20.000 ciudadanos entre los que contaba Amílcar, unos 9.000 (aproximadamente 7.000 infantes y 1.500 o 2.000 jinetes), más un número similar a las órdenes de Hannón; mientras que en Zama (202 a.C.), la segunda línea de Aníbal, compuesta por ciudadanos, ascendía tan sólo hasta unos 10 o 12.000 hombres. En cambio, el ejército que comandaba Asdrúbal el Beotarca contra Massinisa en 150 a.C., ascendía a 25.400 ciudadanos, a los que se fueron añadiendo reclutas campesinos hasta sumar un total de 58.000 hombres[32]; y a los que habría que añadir unos 6.000 jinetes númidas aportados por los jefes Asasis y Suba. A pesar de este incremento de tropas totales es notorio el descenso de caballería, pues Asdrúbal el Beotarca tan sólo puede alinear a 400 jinetes ciudadanos. ¿Quiere decir que existió un declive entre la aristocracia capaz de costearse un caballo o más bien esto refleja los desacuerdos entre las grandes familias en cuanto a la forma de abordar el conflicto con Masinisa y la situación con Roma? Desde luego Apiano nos informa de la existencia de tres facciones, una favorable a la guerra, otra pronúmida y otra prorromana. Aunque siempre que las fuentes nos dan esta visión excesivamente esquemática de la política hay que estudiarlas con cierto recelo y se requiere un análisis profundo, nos ayuda a entrar en perspectiva. Parece claro que la situación política en 150 a.C. estaba muy enrarecida y los partidarios de Masinisa fueron expulsados de la ciudad poco antes de aquella campaña.

                Según vimos antes, podemos deducir con bastante seguridad que para cuando estalla la Segunda Guerra Púnica el estilo de lucha hoplita había desaparecido en Cartago (si es que, repetimos, alguna vez se había desarrollado completamente), adoptándose el escudo oval en lugar del aspis. Para este periodo, 50 años posterior, Apiano y Estrabón nos vienen a confirmar aquello, describiéndonos a los infantes púnicos armados con escudo oval además de espadas y longchai (lanzas cortas y anchas que se podían arrojar y también usar para el cuerpo a cuerpo) en lugar de la larga dori (lanza hoplita). El yelmo, en su mayoría de tipo Montefortino, sería más que usual y el uso de armaduras ligeras, tipo linothorax, también sería lo habitual, al menos para los más pudientes.

                Desgraciadamente no podemos hacer un análisis táctico sobre los ejércitos de este periodo, pues la escasez de enfrentamientos y la exigua información que nos han dejado las fuentes sobre estos nos lo impide. La patente inferioridad logística y numérica en el tercer conflicto contra Roma determinaron la actitud de los generales cartagineses, en la que adoptaron posiciones defensivas, como Asdrúbal el Beotarca en Neferis (149 a.C.), batalla en la que logró una contundente victoria, o limitándose, con mucho existo eso sí, a hostigar a los forrajeadores romanos, como Himilcón Fameas con la caballería númida. La homogeneidad de tropas (tan solo caballería e infantería ciudadana y caballería númida) daba una mayor consistencia a la línea, pero perdía en flexibilidad. Cartago contó con superioridad en caballería gracias a los 6.000 númidas que aportaron Suba y Asasis, hasta que Gulusa (hijo de Masinisa) decidió apoyar a los romanos e Himilcón cambió de bando junto con 2.000 jinetes. Hechos que terminaron por sepultar las posibilidades púnicas.


Oficial cartaginés
CONCLUSIONES

                El devenir de los ejércitos púnicos está relacionado con el propio devenir de los ejércitos de las potencias cercanas, influenciados por estos, pero también por su propia idiosincrasia.

                La complejidad logística del ejército cartaginés siempre fue muy elevada, prueba de ellos son las constantes guerras que sostuvo en territorios alejados como Cerdeña y Sicilia. Esta capacidad organizativa estuvo durante toda su historia muy por encima de la de cualquier polis del Mediterráneo, incluso en su despiadado final. Sin embargo, a pesar de la aparente profesionalidad de sus generales, en las batallas de Crimiso (341 a.C.) o Tunis (310 a.C.) se puede apreciar una gran falta de experiencia táctica, no enviando exploradores o no sabiendo aprovechar la enorme superioridad en caballería; además de mantener un arma arcaica como el carro de guerra. A lo largo del Siglo III a.C. se produjo un importante proceso de modernización en este aspecto y ya en las Guerras Púnicas se puede afirmar que el ejército cartaginés se ajusta al modelo helenístico. Es, no obstante, un griego, Jantipo, el verdadero artífice del cambio definitivo, dando un protagonismo sin precedentes al uso de la caballería y a la táctica de doble envolvimiento. Cambio que precedió a la aparición de los grandes generales de la familia Barca, cuyas victorias, como Bagradas (240 a.C.), Trebia (218 a.C.), Trasimeno (217 a.C.) y, sobre todo, Cannas (216 a.C.), han quedado marcadas en la historia.

                En cuanto a las tropas ciudadanas existe un sinfín de problemas para poderlas analizar, dado el hecho de su temprano abandono para expediciones extranjeras, lo neblinoso y hostil de la información que nos llega de fuentes antiguas y que no haya sobrevivido ningún texto desde la óptica cartaginesa. Todo indica que, al igual que otros pueblos del Mediterráneo Occidental, los infantes púnicos fueron adoptando la panoplia y formación del hoplita griego. Sin embargo, por falta de tradición militar y de entrenamiento, esta falange no llegó al nivel de eficiencia que cabría esperar por su panoplia y estatus, como el lacedemonio Jantipo supo ver. No podemos tampoco rebajar su nivel al de una turba sin ninguna preparación, pues de ser así no habrían logrado imponerse en Cerdeña y Sicilia, expandirse en África, vencer a grandes personajes como Agatocles o sobreponerse pese a todas las adversidades en la Guerra de los Mercenarios. Pese a la gran influencia helenística, la falange macedonia nunca se llegó a usar en Cartago, y mientras que en los reinos descendientes del Imperio de Alejandro se tendió a fortalecer y masificar los bloques de infantería, haciéndolos cada vez más potentes en el choque, pero también menos flexibles, aquí la directriz fue la contraria: hacia una formación más móvil y versátil, con la adopción del escudo oval.

                En la cultura popular se tiende a asociar ejército cartaginés con elefantes, sin embargo, su uso por estos como arma de guerra queda muy restringido en el tiempo, ya que apenas hay 60 años desde la primera mención, en la batalla de Agrigento (261 a.C.), hasta la última, en la batalla de Zama (202 a.C.). Con todo, Cartago los desplegó en los campos de batalla en gran número, aunque no siempre con eficacia, siendo más protagonistas en las derrotas que en las victorias.

                Paralelamente a la negación de enviar más tropas ciudadanas fuera de África vino el inevitable aumento de la contratación de mercenarios y la exigencia de un mayor aporte de tropas a los pueblos súbditos y aliados. Todas estas heterogéneas tropas de libios, númidas, lusitanos, iberos, celtiberos, baleares, galos, ligures, etruscos, oscos, griegos, etc. fueron integradas en el ejército cartaginés pero manteniendo sus propios estilos de lucha, con los consecuentes pros y contras. La calidad de todas estas tropas fue, en general, aceptable, pero el largo tiempo que se tardaba en hacer eficaz un ejército tan complejo ponía en desventaja a Cartago frente a sus enemigos.

                Cuando estalla la tercera guerra contra Roma el destino de la ciudad estaba sellado dada la inmensa superioridad de recursos de su rival, y aún así supo defenderse, con todo perdido, durante tres largos años gracias al gran nivel organizativo, las inmensas defensas de la ciudad y a la determinación de la ciudadanía.

                En definitiva, como hemos podido comprobar, el sistema militar cartaginés, pese a todas sus desventajas, se mostró enormemente eficaz y tanto táctica como armamentísticamente supo evolucionar, adaptándose a las nuevas circunstancias que le exigieron los rivales a los que se fue enfrentando. Y pese a sucumbir finalmente, ningún otro Estado o pueblo se vio, antes o después, en condiciones de luchar contra Roma con tan incierto resultado en dos larguísimas guerras de 24 y 16 años, respectivamente, y en multitud de teatros de operaciones; y prueba de esto es el odio con la que fue tratada militar y literariamente tras su derrota final.




Por Alejandro Ronda


Bibliografía:
Antigua:
Diodoro Sículo; Historia Universal
Polibio de Megalópolis; Historia de Roma
Tito Livio; Historia de Roma desde su fundación
Apiano de Alejandría; Púnica
Plutarco de Queronea; Vidas paralelas
Heródoto; Historias
Justino; Epítome de Pompeyo Trogo
Silio Itálico; Púnica
Zonaras; Epitomé historion
Floro; Epítome de Historia romana
Eutropio; Resúmen de Historia romana
Valerio Máximo; Escritura memorable
Cornelio Nepote; Sobre los más destacados generales de los pueblos extranjeros

Moderna:
Peter Connolly; La guerra en Grecia y Roma
J. F. Lazenby; The first punic war
Adrian Goldsworthy; La caída de Cartago. Las guerras púnicas, 265-146 a.C.
Duncan Head; Armies of macedonian and punic wars 359-146 BC
Fernando Quesada Sanz; De guerreros a soldados. El ejército de Aníbal como un ejército cartaginés atípico
Fernando Quesada Sanz; En torno a las instituciones militares cartaginesas
Fernando Quesada Sanz; Innovaciones de raíz helenística en el armamento y tácticas de los pueblos ibéricos desde el S. III a.C.
Fernando Quesada Sanz; Carros en el antiguo Mediterráneo. De los orígenes a Roma
Fernando Quesada Sanz; Armas de Grecia y Roma
Nic Fields; Carthaginian warrior 264-146 BC
Nic Fields; Hannibal
Scullard; The elephant in the Greek and Roman world
Jaime Gómez de Caso Zuroaga; Amílcar Barca, Táctico y Estratega. Una valoración

Dexter Hoyos; Truceles War, Carthage’s fight for survival, 241-237 BC





[1] Era un magistrado colegiado elegido anualmente, seguramente significara “juez”, del hebreo “shophet/shophetim”, y tuviera funciones ejecutivas, probablemente judiciales, ejercía de tesorero y censor moral y también presidía el Senado.
[2] Diodoro XIV, 54’ 5 y 13, 43’ 5 respectivamente.
[3] Por ejemplo, se sabe que en Atenas, entre los años 431 y 322 al menos 28 generales fueron depuestos; y de los 21 juicios que se conocen, en 14 fueron condenados a muerte.
[4] A pesar de lo que afirma Diodoro (XX, 10’ 4): “Por lo tanto, algunos de los que se colocan en posiciones de mando, por temor a los juicios en los tribunales, abandonan sus puestos, pero otros intentan convertirse en tiranos
[5] 13, 80’ 2 y 16, 73’ 3.
[6] En ocasiones de extrema necesidad para Cartago llegando incluso al 50% de la producción.
[7] Por ejemplo, Amílcar Barca casó a una de sus hijas con Naravas, un príncipe númida; y en el conflicto final contra Roma encontramos al mando de las operaciones a un Asdrúbal, nieto del rey Masinisa.
[8] Plutarco, Timoleón, 27’ 4-5: “Y detrás de estos, diez mil hombres de armas con escudos blancos. Los corintios conjeturaron que eran cartagineses, por el esplendor de su armadura y la lentitud y el buen orden de su marcha.”
[9] Las representaciones muestran a los cartagineses con lanzas de similar longitud a la altura de un hombre, en contraste con las de los hoplitas griegos, bastante más largas.
[10] Diodoro 16, 80’ 4.
[11] Sitio arqueológico en Túnez, unos 20 Km. al Sur de Siliana.
[12] Diodoro XVI, 81’ 4.
[13] Diodoro XIX, 106’ 2.
[14] En griego significa plumas, era la falda decorativa hecha con tiras de cuero o tela que caía desde la cintura.
[15] Diodoro XX, 29’ 6.
[16] Que alcanzaba los 3,1 metros de altura hasta la cruz.
[17] Existen monedas púnicas con representaciones de elefantes, los cuales aparecen con el mahout sobre su cuello pero ni rastro de torre, aunque puede que tan solo representen elefantes en marcha, caso para el cual, obviamente, no portarían torre.
[18] Polibio I, 32’ 7.
[19] Quesada De guerreros a soldados, 135. González Wagner 1994, 834. Santosuosso 1997, 170. Brizzi 1995, 309-314. Le Bohec 1996, 39-40. Goldsworthy 2000, 30.
[20] Jabalina pesada.
[21] Esto sería en torno al año 300 a.C. o quizás algo después, con la invasión gala de Grecia del año 281-279 a.C.
[22] El espartano Sosilo fue el instructor y maestro de su hijo Aníbal y luego lo acompañó en su expedición a Italia junto al también griego Silano.
[23] Aunque no se debe tomar al pie de la letra, es representativa la lucha entre los miembros de la familia Barca y Hannón, cuando este, por ejemplo, lanza un discurso en contra de enviar tropas a Italia para reforzar a Aníbal.
[24] Existen muchos ejemplos de la buena capacidad de los hispanos como infantería de línea, puesto que son usados para este propósito tanto por cartagineses (Trebia, Cannas, Dertosa, Ilipa...) como por romanos (Ilorci, Ilipa…), además de actuar así cuando eran dirigidos por sus propios caudillos (en la rebeliones de Indíbil de 206 y 205 a.C.).
[25] Diodoro XXV, 10’ 1.
[26] Polibio III, 33’ 8-11; Livio XXI, 21’ 12.
[27] Polibio III, 54’ 4.
[28] En la descripción de las tropas hispanas en la batalla de Cannas (216): Livio XXII, 41’ 50; Polibio III, 113’ 117.
[29] Véase Polibio III, 11’ 9 o Livio XXIV, 4’ 1.
[30] Así se muestra en las pinturas de Paestum y Alifae. En las de Paestum los soldados llevan jabalinas en la mano izquierda de forma horizontal, lo que parece indicar que el asidero era central y horizontal, como el scutum, ya que si fuera doble como el aspis las jabalinas irían en posición vertical.
[31] Además de las representaciones pictóricas, una de estas armaduras, ricamente decorada, fue encontrada cerca de Cartago, quizás perteneciente a uno de los veteranos de Aníbal.
[32] Apiano Púnicas, 54.

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